Hubo siempre, extendidas sobre la cama, hablo de la cama de todos, de la cama mundial, o genérica; doce abejas de vidrio, regalo éste anterior al vidrio en este mundo, de las rabias que crispaban el cielo con mil zumbidos negros, hablaría de cuando el viento corría haciendo la música anterior al trabajo sobre el barro o cualquier otro sacerdocio. La noche parecía la tormenta, desde un tramo largo antes. A tomó una de las abejas y la desató, porque a partir de ese momento todas las demás pasaron a tener un cordel en torno, un cordel habitado, habitado por la muerte, de manera que no pienso explicar, así sería o era. O era que A, fue la muerte en ese rato, siendo que ese rato nunca hubo. Que es decir que. O esperaba a que nada saliera de boca de A, quien trepaba otras colmenas de sentido, no ya buscando foco; ya por el gusto de lo otro; el azufre de esas colmenas que serían devastadas por ramos de agua. Ante el caos, las abejas, parte de ellas, y también todas, tomaron rumbo hacia el caos y se disiparon un poco, nada serio, según A, que mantuvo la mirada quieta, y también fija en el estridente sonido visible detrás de la Europa figurada que prestaba la arquitectura del rostro de O; quien, ya odiaba estas historias en donde del caos se puede sacar formatos nuevos para las artes, ciencias y filosofía, como si aún fueran campos vírgenes.
En la libertad hay cuatro cercos, el viento es el primero, las llamas son la segunda parte y otras reinan en el abismo que rueda como arado sobre la idea de fuego que los hombres delicadamente cuidan de no caer en la luz de Venus, o de Urano, apenas exógenas, pero devoradoras del sentido del fuego a los ojos de lo terreno. Los cables atan a A, que va respirando el celo en los campos abiertos por la suerte al registro de un paño inmenso de devoradores de la masa operante de madera nueva para árboles ya bicéfalos y más tarde anteriores a todo clima.
É desciende de la nave remontando todo al espacio donde se calcinan las partes de quienes nacidos en el hielo parido por los últimos aeropuertos 2985 y 13245 semejarían la bruma apareándose con los destellos del sema afiebrado de poder ser y dar con el grama único en la cuenta diagonal de los esquemas de border frame lovers. El reo mantiene ante É cruda sesión de silencio y las manos acompañan los movimientos del otro como manos borregas; el final de la charla es el trece punto 561, el tan discutido código azul para verdaderos pusilánimes en frente al abismo donde reinan la forma y una gran refutación de todos los entes platónicos en haras de volver a entablar comunicación con los entes sutiles en la inmateria.
El código de la rabia estuvo siempre en manos de nadie, para ser poblado por sacudidas de manos y de dientes, hasta que el mar pacífico pase a existir, junto a los sedales siendo pormenores del amor en las islas donde esperabas ver a la tríada flamear como desenredando las posibilidades de un ocaso fukuyamo y capital.
Antes de parir la madre de todos nosotros tuvo que montarse a un caballo, que crispaba como recio más que el golfo de su útero inmenso ávido de soltarnos al vuelo por lo bajo que sería la vida de combatientes contra nuestra propia idiotez, que sería la única que nos salvaría del mundo. Tuvo que matar un caballo idiota y sin dientes nacido de la espalda de la siembra de monos en las antípodas del deseo y los flameantes 245 de su minusválida visión de un porvenir. Nuestra regia mater creció de la siembra de sus muslos hechos trizas tirados al campo como riegos de fibra vegetal, caídos como pétalos sus brazos heridos desatadas las fibras animales, su pecho descuartizado para dar nombre a lo que no pudo tenerlo, el dolor de habitar la tierra sin mal, vuelta la tierra de la figura de vidrio y cardúmenes de adoradores. Los adoradores alcanzaban la tiniebla, y la emperatriz sabía que nacería para reírse un rato solo, un rato del desayuno, de todos los posibles adoradores y del cristo insolente y poco innovador que tendría para ofrecernos la madre de todas las culpas posadas en nuestra propia imbecilidad, gestora de amor, luz, rabia, y toda otra cantidad de frutos deliciosos, nacidos de la idiocia rebelde.
Un día nos fue concedido el cielo para siempre por tres días como plazo para levantarlo, ir a buscarlo, crearlo y concebirlo detrás de la no educación de tener dónde y cómo cocinar un puto concepto, y pagamos todas las partes del trato para rodar en picada vertical y ascendente al lugar donde ahora, montados a la esfera de rabia, rugiendo como tigres siendo perros; soldando el mediodía con la áurea visión del destino de muerte que sin tregua histórica nos llama desde la mano que corta la tarjeta del dolor, esfuerzo, placer y muerte; que es la mayoría del tiempo la mano del andrógino que nos junta en el fluido único de todos nuestros pares vueltos miel en la mano de sus o el amor número 790 en rabiar la casta de todo lo que se llamó humano a sí mismo y carroña al ejército vencedor o el contrario en definitiva, todos los perdedores aún al ganar, de la guerra de las crestas henchidas de herrumbre arcaica al moler la parra entera, ramas y semillas en el final de un tiempo que reverbera por siempre en los oídos, acaso tan solo, de sus vivientes. Y lamento morir a cuchillo en la cuadra de los herreros, donde debería haber sido apareado con la más óptima duración, con las nuevas especies- los cristos que deforman la idea de la tarde y rebanan el mediodía nuevamente y cada siempre, en el rever de la carta escrita desde y para y en el puño del desierto, el desierto plagado de la salud de morir ahogado de futuro.
Recordar que vivimos a en el maíz, hacerles recordar a quienes gritan que los muros están delicados raídos pervertidos en manos de afiebrados mantos salidos de la selva afuera del ciclo de todas las tormentas números 12987 y venideros que nada revendrá lastimero como los muros no cayendo sobre nosotros. Que el ojo soltará la tripa detrás del ojo, que las manos se volverán artífices de la precisión asquerosamente inhumana que caracteriza a las manos, y que sus límites, su final, el saber del final de las manos nos seguirá doliendo como cuando entra al cuerpo desde el aire cualquier dato de un cuerpo querido, porque somos la montaña de adelgazar, henchir y medir la finitud y a veces parece que solo fuéramos un dispositivo de ver los límites de la infinitud, pero; vivimos en el maíz y somos el trigo, la miel y la sal de esta tierra, aún siendo el carbón, la piedra o el maíz mismo.





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